La obesidad, sus riesgos y los factores socio económicos

Dado que la obesidad es un problema de salud pública que afecta a un porcentaje elevado de sujetos de la población en general, y que además muestra unos índices de prevalencia cada día mayores, consideramos importante analizar en qué medida los factores socioambientales afectan al desarrollo y mantenimiento de dicho trastorno.

La mayoría de las investigaciones realizadas en este campo, tanto desde una perspectiva médica tradicional como desde la perspectiva de la psicología comportamental, han centrado su interés en el estudio de la etiología y tratamiento de la obesidad a partir del abordaje individual de sujetos obesos.

Por ello, tal como señalan Jeffrey y Lemnitzer (1981), la terapéutica comportamental ha consistido fundamentalmente en el análisis de los patrones psicológicos, alimentarios y de actividad física del individuo obeso para su posterior modificación.

Los efectos socio ambientales son importante para la obesidad

A este nivel de análisis se denomina microanálisis

Sin embargo, si la obesidad es, como ya hemos señalado, un problema de salud pública, es necesario que se plantee un análisis más profundo a nivel de toda la sociedad, intentando determinar qué variables socioambientales son las que facilitan o impiden que se adquieran hábitos alimentarios y de actividad física adecuados así como un control permanente del peso.

Este segundo nivel de análisis es denominado por Jeffrey y Lemnitzer (1981) macroanálisis y creemos que es de vital importancia realizarlo para poder establecer una política preventiva de la obesidad y de todas aquellas alteraciones físicas que tienen su base fundamental en el sobrepeso. La importancia de crear hábitos sanos de alimentación y actividad física debe promoverse desde la infancia ya que, como hemos visto anteriormente, con muchísima frecuencia los niños obesos se convierten en adultos obesos.

Es bien sabido que la mayoría de nuestras preferencias alimentarias, hábitos de alimentación y patrones de actividad física son adquiridos mediante imitación y modelamiento (Bayés, 1983). Por ejemplo, los niños observan e imitan las conductas relacionadas con la alimentación y actividad física de sus padres, obteniendo reforzamiento cuando adoptan estilos comportamentales semejantes.

Los niños son reforzados cuando comen de prisa, dejan el plato limpio, comen grandes cantidades, desarrollan dentro del hogar juegos tranquilos o pasan gran cantidad de horas frente al televisor sin perturbar las actividades de los adultos. Al mismo tiempo, la información transmitida por los mass media, fundamentalmente la televisión, no proporciona en absoluto bases para lograr que la población —y en especial la infantil— adquiera hábitos de alimentación y actividad física sanos.

La relevancia de la influencia del contexto familiar y socio ambiental en el aprendizaje de comportamientos de salud sanos está bastante bien estudiada. Jeffrey y Lemnitzer (1981) indican que en los Estados Unidos se ha sustituido el hábito de realizar tres comidas diarias con una dieta básica de carne y patatas, por las comidas rápidas en selfservice combinadas con aperitivos e ingesta entre horas.

Hay que evitar la ingesta entre horas

La invasión de multinacionales de cadenas de autoservicios

Está modificando notablemente los hábitos de alimentación de la población española, especialmente la población infantil y juvenil. En este grupo se encuentra el mayor número de adeptos al tipo de alimentación, nada recomendable, ofrecido por estas multinacionales. Otro de los factores que también ha sido estudiado, como modificador de pautas comportamentales, es la publicidad.

La publicidad en general, y televisiva en particular, tiene un gran potencial intrínseco y extrínseco para promover cambios en los hábitos de la población. El número de horas que el ciudadano medio pasa frente al televisor es elevado.

El estudio de Schramm, Lyle y Parker (1961) señala que los niños estadounidenses menores de 12 años ven la televisión un promedio de 23,5 horas a la semana, lo que equivale a más de 1 . 2 0 0 horas anuales, durante las cuales estos niños permanecen sentados pasivamente, sin realizar ningún tipo de actividad física y asimilando correcta o erróneamente todo tipo de información.

Nielsen (1977) indica que las mujeres adultas pasan un promedio de 30 horas y 14 minutos a la semana viendo la televisión, mientras que la media para los hombres es de 24 horas y 25 minutos semanales. Durante estos períodos de tiempo, el ciudadano se ve sometido a un bombardeo publicitario que más de una cuarta parte del tiempo está relacionado con productos alimenticios, no siempre dietética y nutritivamente sanos.

Por ejemplo, en un estudio realizado por Mauro y Feins (1977) en el estado de Nueva York sobre la publicidad televisiva, se encontró que el 80 % del tiempo publicitario era utilizado en anuncios relacionados con la alimentación, y que más de la mitad de la publicidad dirigida a los niños correspondía a dulces.

Por otro lado, Masover y Stamler (1977) estudiaron los anuncios alimentarios de cuatro cadenas televisivas de Chicago; la primera conclusión fue que casi el 70% del tiempo se utilizaba en anunciar productos con índices elevados de grasas, y solamente el 3 % del tiempo estaba dedicado a anuncios de frutas y verduras. Asimismo, y durante los fines de semana, el 85 % de la publicidad alimentaria correspondía a productos con altos índices de grasa, co- lesterol, azúcar y sal, mientras que no aparecía ningún anuncio sobre vegetales o frutas.

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