Sistema de castigos y recompensas

Desarrolle usted mismo un sistema de castigos y recompensas que le cuadre.

La pérdida de los kilos que le sobran es, naturalmente, la gran recompensa, pero todo programa de modificación de la conducta depende para su éxito de hasta qué punto puedan alterarse los hábitos alimentarios perniciosos para su estado físico y establecidos mucho tiempo atrás; en este punto, el éxito no puede medirse en kilos adelgazados, sobre todo al principio del programa.

Sistema de  castigos y recompensas

En la modificación de conducta se marca el énfasis en los hábitos, más que en los alimentos que se ingieren, y ello ha demostrado ser una herramienta de gran utilidad en el tratamiento médico del alcoholismo y de la dependencia de las drogas, así como en la curación de fumadores empedernidos a los que se ha llegado a eliminar su perniciosa costumbre.

La teoría en que se apoya la modificación de la conducta es que si se puede reducir el impacto de los estímulos externos en el centro del hambre del cerebro —y lo que sí puede uno hacer es reducir las respuestas condicionadas a ciertos alimentos, en especial a los de alto contenido en calorías o a los saturados de azúcar—, tal reducción se manifestará inevitablemente en una pérdida del peso del cuerpo. Por tanto, el punto en que se centra es en suprimir la vida tentadora, más que en suprimir el tejido adiposo no deseado. Muchas personas creen que la modificación de la conducta tiene éxito precisamente porque no pone su énfasis en lo que se come, sino en cómo se come.

Es de vital importancia, por tanto, que refuerce usted su propio programa con un sistema de castigos y recompensas que nada tengan que ver con el peso real rebajado. Lo que usted castiga o recompensa es su capacidad de alterar una vieja costumbre o de suplantar el viejo hábito por uno nuevo, no el éxito que alcance en kilos adelgazados. Es perfectamente posible, en especial durante las primeras semanas de intentos por cambiar los hábitos alimentarios adquiridos, que no pierda usted más de medio kilo, o uno como mucho; también es posible que pierda el doble o el triple en el mismo periodo de tiempo sin seguir estrictamente su nuevo programa de modificación de conducta, pues son muchos los factores diversos que pueden influir en una pérdida de peso.

La tentación lógica es pensar que este último resultado es un éxito, mientras que el primero puede considerarse como un fracaso; sin embargo, a la larga lo verdaderamente cierto es lo contrario. Los hábitos modificados permanentemente producen pérdidas de peso permanentes, mientras que los hábitos cambiados temporalmente llevan tan sólo a otro ciclo de pérdida y ganancia de kilos.

Igualmente importante resulta que tanto los castigos como las recompensas representen algo valioso para usted en particular. Negarse uno mismo el programa de televisión favorito la semana que ha fallado demasiado en su propósito de no tomar nada entre el almuerzo y la comida sólo es válido si realmente ver ese programa o dejar de verlo marca para usted una diferencia importante.

Una mujer de edad madura enfocó la solución a este sistema de castigos y recompensas del siguiente modo: junto a su mesita de noche tenía dos libros, uno soporífero y otro de gran interés. Los días que cumplía bien el programa de adelgazamiento se premiaba con la lectura de un capítulo del segundo; cuando el día no le había satisfecho en cuanto al control de sus hábitos adquiridos, se castigaba con un capítulo del primero. Este sistema le iba bien porque era un devoradora de libros tan voraz como lo había sido de comida antes del tratamiento. Sin embargo, el sistema que acabamos de exponer sólo le resultará a usted si tiene una costumbre parecida a la de ella.

Son inacabables las posibilidades, con una sola limitación: que los castigos y recompensas no estén asociados de ningún modo a los kilos perdidos o ganados. Esta, y la de su imaginación. Por ejemplo, puede escoger castigarse con una hora menos de sueño, o absteniéndose de ese relajante baño de burbujas antes de ir a dormir.

Una mujer casada, de cuarenta y seis años, y ligeramente obesa, combinaba dos de las recomendaciones anteriores, haciendo intervenir a su marido en el mantenimiento y observancia de su programa de modificación de la conducta. No quiso revelarnos los detalles de este sistema conyugal de premios y castigos, pero insistía en su eficacia.

Lo verdaderamente cierto de este sistema es que funciona, y que diseñar uno que le resulte factible a usted puede llevarle cierto tiempo. Al igual que el propio Plan Magistral, es suya la opción entre las sugerencias que le ofrecemos, y no existen reglas establecidas de antemano.

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