La “ revolución dietética “ de Herman Taller

Al parecer, Herman Taller llevó a cabo la revolución dietética más importante en casi un siglo, en un estudio que nada tenía que ver con el metabolismo, pues había aprendido a explicar a los obesos lo que éstos querían escuchar antes que lo que la gran mayoría de los profesionales de la medicina daban por cierto. A los ojos de sus pacientes, al menos, era más un mesías que un médico, con sus invectivas contra «esa suma de todas las falacias que se llaman dietas de bajo contenido en calorías» y sus promesas de que «nunca ha habido fallos, ni nunca los habrá» si se seguían fielmente los principios en que basaba sus regímenes. Todos adelgazarían con la dieta del doctor Taller y todos alcanzarían la victoria sobre la obesidad.

la revolución dietética

La revolución dietética y el “Calories Don’t Count”

En su libro Calories Don’t Count, que iba a convertirse en obra de gran venta entre los dedicados a la revolución dietética, Taller informó a sus lectores de que «no todas las calorías son iguales» y a continuación procedió a dividir los alimentos en dos grupos, el de los «buenos», sin contar su contenido calórico, y el de los «malos», por pocas calorías que llevaran. «No se deben contar las calorías—advertía entonces al lector—, sino abstenerse de comer todo tipo de alimentos de la lista “mala”.» Tras ello elaboraba una lista de «comidas no permitidas», que incluía todos los hidratos de carbono y los azúcares refinados.

La dieta de Taller era, en esencia, la misma que el doctor Harvey preparó para el señor Banting, sólo que puesta al día a la luz de los avances realizados en medicina y perfeccionada con algunas aportaciones secundarias. No contento con restringir los hidratos de carbono y aumentar la absorción de grasas saturadas, Taller aconsejaba a sus lectores complementar sus dietas, ya gravemente desequilibradas, con dosis de aceite de flor de azafrán, que tiene la virtud de acelerar el proceso de deshidratación, aspecto notable de las dietas estilo Banting.

«Cuando se comen grandes cantidades de grasas no saturadas —sugería Taller— entra en acción un círculo feliz. Se estimula la producción, por parte del organismo, de ciertas hormonas que trabajan para liberar las grasas almacenadas en el cuerpo. Se limita la producción de insulina, sustancia que parece impedir la expulsión de dichas grasas. Se cambia el carácter de las grasas y las duras y difíciles de utilizar por el organismo se debilitan.»

Todo esto podía parecerle muy bien al hombre de la calle, no introducido en el tema, y pocos se daban cuenta de que era en realidad un puro disparate. «Apenas hay una frase cierta en todo el libro», observaba Frederick Stare, de Harvard, pero la consideración que le merecía la obra de Taller —«es una basura»— no detuvo a dos millones de crédulos consumidores de dietas que se hicieron con este libro. Stare les contaba lo que no querían escuchar —que la solución al rompecabezas de la obesidad no era en absoluto la que ofrecía Taller—, mientras que éste proponía a los obesos precisamente lo que llevaban años soñando. «Usted podrá visitar a sus amigos —les animaba—, ir a los mejores restaurantes y vivir plenamente sin aumentar de peso. Nunca habrá de decirle a nadie que está a régimen. Es más, nunca notará que lo está. Y sin embargo, seguirá perdiendo peso continuamente.»

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