Propiedades y beneficios de la Belladona

Propiedades y beneficios de la Belladona

La mágica, Belladona

La familia de las solanáceas es una gran familia, dichosa, inquieta, heterogénea, expansionista. Comprende hierbas medicinales, comestibles, tóxicas, taimadas y rastreras: en suma, de todas las razas. La belladona forma parte de ella. Es una planta a la que hay que tener en “libertad vigilada”. ¿Por qué? Porque puede incrementar la belleza y proporcionar la muerte con la misma dulzura.

Antes de seguir adelante, aclaremos que el nombre de belladona deriva probablemente del uso que de ella hacían las mujeres (donne) en la época del Renacimiento. Con el propósito de dilatarse las pupilas y hacer su mirada más brillante. Igualmente, remontándonos en el tiempo. Nos encontramos con que esta planta era también muy buscada por las mujeres egipcias, que extraían de ella un colirio, asimismo para embellecer su mirada.

Antes de decir todo lo malo, intentaremos decir algo bueno. En primer lugar, su aspecto es insignificante. La belladona no tiene nada de notable y pasa desapercibida. Altura: 1,50 mts.; raíz: gruesa y carnosa, con una longitud de 10 a 20 cms. Hojas: grandes y ovaladas; flores: altaneras y solitarias, de color violáceo.

La belladona es una planta que huele muy mal: exhala, en efecto, un olor desagradable, nauseabundo. Sus hojas pueden ser recolectadas tres veces al año, poniéndolas luego a secar en locales bien aireados. Sus raíces, recolectadas en octubre, deben lavarse, cortarse y ponerlas a secar.

belladona

Uso medicinales de la Belladona

Todavía no hemos dicho lo poco bueno de la belladona que nos habíamos propuesto explicar. La belladona, señoras y señores, cura muchas cosas. Los espasmos intestinales, los catarros bronquíticos, el asma, la tos persistente, la tos ferina, etc. La belladona contiene una sustancia llamada atropina, de múltiples aplicaciones terapéuticas. Entre otras cosas, es utilizada para uno de los tratamientos de la enfermedad de Parkinson, que recibe el nombre de “cura búlgara”. Y que consiste en administrar decocciones obtenidas de las raíces de una variedad especial de belladona, que crece en Bulgaria.

No obstante, cuidado el uso de la belladona, y por tanto de la atropina, puede ocasionar envenenamientos en caso de error de dosis… ¡Otra vez empezamos a hablar mal de ella! Síntomas. Boca y garganta secas, ronquera, molestias visuales, taquicardia, síntomas que repercuten en el sistema nervioso, consistiendo en dolores de cabeza, vértigos, impaciencia, alucinaciones, delirio. La recomendación que hay que hacer resulta evidente. La belladona sólo debe ser utilizada bajo vigilancia médica directa.

¿Lo sabíais?

La belladona es citada en la novela de Lucio Apuleyo (siglo II después de J.C.) titulada Las metamorfosis. Sabemos que, gracias a una pomada a base de belladona, Pánfilo se transformó en pájaro y emprendió el vuelo durante la noche.

La belladona, llamada en la Edad Media “hierba de los hechiceros”, tema entonces mala reputación. El filósofo Girolamo Cardano dice que en aquella época se prestaba gran atención a la belladona como droga psicoterapéutica. Entre los ingredientes que componían aquella droga, además de la belladona, intervenían. Brotes de álamo secos, hojas de adormidera, beleño. Este ungüento, frotado sobre los tobillos, en el cuello, en los brazos, calmaba los dolores y, por lo visto, producía un sueño bastante agradable…

Leyendas entorno a la Belladona

Finalmente, encontramos la belladona en un filtro del que se servían los brujos, según se dice, para acudir al Sabbat. Esta vez no se trata de una pomada para frotarse el cuerpo, sino de una loción misteriosa Un autor nos ha dejado su composición. Belladona, naturalmente, y beleño, cicuta común, cáñamo indio, opio.

Hemos evocado las reuniones del Sabbat. Asamblea de brujos y de demonios. Que se reunían de noche para entregarse a orgías y a uniones carnales contra natura. Este asunto ha hecho correr ríos de tinta. Conviene decir que las tenebrosas reuniones del Sabbat no estaban reservadas a los pobres pastores en el campo y a los miserables brujos de pueblo.

Pierre de Lancre, un magistrado del siglo XVIII que conoció, a través de las confesiones de los hechiceros condenados, todos los detalles de aquellas misteriosas asambleas. Afirma, en efecto, que las reuniones eran frecuentadas por gentes ricas y poderosas, damas de la nobleza y gentiles hombres de la alta sociedad.

Sabemos así que cierto número de ellos se consideraban particularmente honrados de ser admitidos a tirar del rabo del diablo en las increíbles y grotescas procesiones celebradas en tales ocasiones. Abundaban los exaltados que buscaban desesperadamente a una persona dispuesta a iniciarlos en los misteriosos preparativos indispensables para acudir al Sabbat.

Ungüento de Belladona

El medio infalible para realizar el sorprendente viaje por los aires hasta el lugar de la reunión era el famoso “ungüento de los brujos”. Dicho ungüento era entregado en ocasiones personalmente por el demonio a sus discípulos. Es precisamente el ungüento de que os hablábamos, y que, no obstante, jugaba malas pasadas a quien lo utilizaba sin tener autorización para hacerlo…, autorización que, como es lógico, debía dar… el diablo.

Se cuenta que, una noche del año 1611, un carbonero de París, mientras fingía dormir, vio a su mujer embadurnarse con una grasa misteriosa y desaparecer. Intrigado, decidió seguir a su mujer para disfrutar, también él, de las delicias tan alabadas de los juegos prohibidos. Se apoderó de la caja abandonada encima de la mesa, se untó el cuerpo cuidadosamente y de pronto se vio transportado a la entrada de un subterráneo, bajo los muros de un viejo castillo.

En medio de la oleada de gentes que penetraban en él, el carbonero llegó a una sala resplandeciente de luz. Todos los asistentes estaban elegantemente vestidos y entre ellos reconoció a su mujer. Habiéndose dado cuenta ésta de su presencia, hizo cierto ademán, la asamblea se dispersó y el pobre carbonero se encontró solo… A la mañana siguiente, los servidores del castillo lo descubrieron y, tomándole por un malhechor, le dieron una buena paliza.

La realidad es menos tenebrosa, más prosaica, más deslucida. En el famoso ungüento había, como hemos dicho, belladona, opio, etcétera, etc… Para aquellos desgraciados, el Sabbat sólo era una triste pesadilla. En cuanto a las orgías con el diablo, la realidad, aquí también, es mucho más simple. El ungüento estaba, en el fondo, compuesto de estupefacientes y de afrodisiacos. El diablo se apoderaba de las imaginaciones, llevando al infeliz drogado a la explosión erótica, casi siempre en solitario.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *