Opiniones de un literato célebre

Hemos visto, pues, qué piensa de la comida un psicólogo. Y no ha sido perdido el tiempo que le dedicamos, seguramente. Veamos ahora el pensamiento de un literato, de un famoso escritor del siglo pasado, Juan Montalvo, ecuatoriano, autor de numerosas obras que se consideran puntales de la prosa hispanoamericana. En uno de sus Siete Tratados, el que recibe el título de Los banquetes de los filósofos, se refiere a diversas cosas que atañen a la mesa, incursionando a la historia o deteniéndose a examinar cada alimento y pintarlo, con prodigiosa pluma.

Leámos:

“Para nada suelen buscarse los hombres con más anhelo que para comer: mil veces habréis oído a mil personas, si comen solos sin apetito. La mesa de la familia es convite diario: Príamo se hubiera quedado en ayunas antes que comer de por sí en su aposento, dejando la cabecera de esta rodeada por su mujer, la venerable Hécuba, y sus cincuenta hijos y yernos. El gusto de ese anciano dichoso era ver en medio de la mesa común el ciervo del Monte Ida, a cuyo costado fuera recta y veloz la flecha de Héctor: el animal está allí, asado entero, reposando sobre fuente de bruñida plata; y como por adornos y paramentos, banderillas de púrpura con moharras de oro se levantan sobre la cerviz y la cabeza de la provocativa alimaña. Media docena de cabritos son apenas suficientes para la disposición admirable de tantos mozos hambreados por el ejercicio; el gordo lomo de las bestezuelas se ha partido al fuego; cien ampollas se levantan en el pellejo retostado, las cuales harán ruido delicioso en los dientes de los comensales, cuando uno, dueño de su porción, lo sea de dar gusto a su apetencia”.

Opiniones de un literato célebre

Pasado y presente de la miel

“El mérito en los festines de Simón no estuvo en lo suntuoso y delicado, mas antes en lo franco y generoso: las puertas de este célebre estaban de par en par, y la mesa siempre tendida para los pobres en su casa. Manjares sanos y abundantes, ajuar de buen gusto, paños limpios y criados atentos, sufragaban por la buena intención del caritativo gran señor; y el vino, sin escasear para la necesidad y la alegría, faltaba en todo caso para la embriaguez. En la mesa de Simón todo era compostura; ni se dio que asistente a esas comidas saliese alguna vez dando voces que acrediten perturbación del ánimo por obra de maléficos licores”.

Ahora nos habla Montalvo de la col y de la coliflor:

“La col. sobre ser alimento puro, era medicina para los romanos del tiempo de Catón el antiguo; era la mano de Dios. Quinientos años no conocieron otra droga estos hombres prudentes que el vegetal más modesto, más fácil de cultivar y de hallar para los pobres. Dicen que la col nutre y limpia la sangre: Pitágoras, que sabía cosas ignoradas por sus contemporáneos, tenía en mucho esa planta bienhechora. Catón Censorino la proclamó la primera de los comestibles. En los tiempos modernos es la humilde plebe del reino vegetal: será mucho si en mesa aristocrática, y menos en convite, se muestre por ahí en un rincón, a guisa de lacayo de los manjares principales. No ocurre lo propio con la coliflor, siendo como es de una familia con ella. Pero ésta se ha ennoblecido: si no se casó legalmente su madre tuvo secretos con un galán de sangre más aquilatada que la suya; coliflor es muchacha que pica muy alto en lo de nobleza y principalidad: mestiza de campanillas, no se contenta con menos que con sentarse par a par de la alcachofa, la lechuga, los espárragos clase condecorada que recibe distinciones de príncipes y banqueros”.

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Remedios y recetas caseras de limón

Donde cuenta cómo se alimentaba Demócrito:

“Demócrito vivió muchos días sin más alimento que el vapor del pan caliente; ahí está Diógenes Laercio que no me dejará mentir. Un buen viejo de mi país llevó adelante la empresa de Demócrito, que era cosa increíble verle ayunar una semana sin decadencia de fuerza; Salía el antiguo las mañanas a las ferias de pan caliente, y se paseaba entre las bateas vagantes, hasta cuando, agotada la mercancía, la plaza del medero era desierta: “¿Señor don Próspero, ya almorzó usted?” “Ya”. “¿Pero sin moverse de 1 plaza, qué ha comido” “He olido, hombre,y esto es más que comer”. El doctor Thinner nada ha descubierto, si no comió cosa en sus cuarenta días de encierro olió, olió y más olió. Pan caliente, no ha de haber sido; pues sería la mezcla de azafrán y castóreo que Pedro Apono aconseja a los ancianos para prolongar la vida, ya que de importantes no aciertan a mascar ni digerir cosas de cuerpo. Si la autoridad de Pedro Apono y Diógenes Lacerío no basta para componer testimonio auténtico, la de Bocón, me parece, dirime la duda, y sien¬ta un hecho histórico sin más que su palabra de filósofo y cristiano, Barón sostiene haber conocido un hombre que, rodeado de plantas odoríferas, pasaba días enteros sin comer”.

Donde se refiere a comidas de treinta platos:

“Así es como tenemos nuestros banquetes, esta es la manera de que comemos en nuestro siglo; y maldito el adelanto que recibe la filosofía de los concursos gastronómicos y las multitudes hambrientas. Cuanto a la sobriedad, de la española suelen hacer ponderaciones que saltan por sobre la buena fe, siendo así que la gula parte límites con la soberbia en esos festines con que prevalecen nuestros fastuosos antecesores en crónicas e historias familiares. En el siglo XVII la comida ordinaria de las casas ricas no constaba de menos de treinta platos; que para los días de excepción, el cocinero hubiera corrido la suerte de Lóculo si no preparaba setenta, amén de las golosinas. En el año 1640, dice un curioso investigador de los vicios antiguos, el cardenal de Borja dio en Venecia una comida de noventa platos calientes y otros tantos entre principios y postres”

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Conociendo la miel y su importancia

En su tratado sobre Los banquetes de los filósofos se explaya Montalvo, ayudado por su maravillosa memoria, en mil y mil cosas semejantes a las transcriptas, que constituyen lo que pudiera llamarse la literatura de la alimentación, y que creímos oportuno dar a conocer, siquiera en óptima parte, pues presentan algunos caracteres tan singulares que no se arrepentirá el lector, ciertamente, de haberlas conocido. Para quien desee ampliar sus nociones en cuanto a estos tópicos sea el tratado aludido de Juan Montalvo.

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