La sobreingesta compulsiva y su tratamiento

Además de los factores anteriormente señalados como características de un estilo diferencial de alimentación entre personas obesas y delgadas, la influencia de la estimulación externa en la conducta de ingesta ha sido ampliamente debatida.

La importancia que se ha dado a la sensibilidad con que los obesos parecen responder ante estímulos externos tales como el olor, sabor, presencia y aspecto de los alimentos, es tal que aunque estas respuestas forman parte del estilo de alimentación, y por consiguiente deberían haberse analizado en el apartado anterior, el caudal de publicaciones que han generado nos obliga a que los tratemos de forma independiente.

La hipótesis de la influencia de los estímulos sobre la conducta de ingesta fue postulada y examinada por primera vez por Schachter y sus colaboradores que, a través de diversas investigaciones, intentaron verificar una serie de presupuestos que parecían apuntar hacia la incidencia de los estímulos externos en la conducta alimentaria de los sujetos obesos (Goldman, Joffe y Schachter, 1968; Nisbett y Kanousa, 1969; Schachter, 1968, 1971; Schachter, Goldman y Gordon, 1968; Schachter y Gross, 1968; Schachter y Rodin, 1974).

Debemos evitar la sobreingesta

A partir de los resultados de dichos estudios

Schachter sugirió que la ingesta de las personas con peso normal parecía estar controlada por factores fisiológicos internos relacionados con estados de hambre y saciedad, mientras que la conducta de comer de las personas con sobrepeso estaba determinada por factores externos al individuo como son: la hora del día, el sabor, el olor, la variedad de los alimentos y la visión de otras personas comiendo.

Este concepto de externalidad fue derivado, en parte, de los planteamientos realizados por Bruch (1961) sobre el error de discriminación que el obeso comete entre estados emocionales internos y hambre, y los resultados del estudio de Stunkard y Koch (1964) en el que encontraron que la sensación de hambre correlacionaba con las contracciones gástricas en las personas con normopeso, pero no en los individuos obesos.

Los presupuestos derivados de la teoría de la sensibilidad ante estímulos externos han sido ampliamente estudiados, aunque los resultados obtenidos no conducen a una plena aceptación de la misma.

Por ejemplo, en relación con el supuesto de que la ingesta de las personas obesas está determinada por factores ambientales externos, solamente se han obtenido datos consistentes respecto al factor “alimentos apetitosos”, ante los cuales los obesos parecen comer más que los individuos de peso normal, mientras que el paso del tiempo, el número e importancia de los estímulos visuales relacionados con alimentos y el sabor de los mismos no parecen ser factores externos que afecten de distinta manera a individuos obesos y no obesos (Wooley y cois., 1979).

El análisis de los estudios que examinan el otro aspecto fundamental de la teoría de la externalidad —la mayor regulación de la ingesta por medio de factores fisiológicos internos entre las personas con normopeso que entre los obesos— muestra menos resultados positivos. A pesar de que algunos estudios han demostrado que la consumición de alimentos de los sujetos obesos, comparada con la de los no obesos, está menos influida por el estado de privación o saciedad (Nisbett, 1968; Schachter, Goldman y Gordon, 1968), otras investigaciones no han podido detectar estas diferencias (O. W. Wooley, 1971; S. C. Wooley, 1972).

Aunque, como acabamos de mostrar, parece que existen datos que apoyan en parte la hipótesis de la externalidad, creemos que en la actualidad esta hipótesis está en vías de ser rechazada. Según Rodin (1978a, 1978b), el planteamiento de un control interno de la ingesta versus control externo presenta varias deficiencias, además de su escasa importancia demostrada para el problema de la obesidad.

Hay que evitar todo lo posible la sobreingesta

Entre estas deficiencias se encuentran las siguientes:

1. Muchos estudios han observado que una mayor o menor sensibilidad ante los estímulos externos se distribuye por igual en todas las categorías de peso; la mayor respuesta ante estímulos externos es más prevalente entre sujetos moderadamente obesos que entre personas con normopeso o personas extremadamente obesas.

Así pues, una extremada sensibilidad ante estímulos externos relacionados con los alimentos no es una condición ni necesaria ni suficiente para desarrollar una obesidad, aunque puede predecir un aumento de peso a corto plazo en personas situadas en ambientes en los que existen gran cantidad, variedad y novedad de señales alimentarias (Nisbett y Storms, 1975; Rodin y Slochower, 1976).

2. El supuesto de que otros factores internos, como por ejemplo, la motilidad gástrica, juegan un papel importante en la iniciación de la ingesta de personas de cualquier peso es, como señalan Stunkard y Fox (1971), probablemente injustificado. Por lo tanto, la sensibilidad a contracciones gástricas es un factor poco adecuado para mostrar el control interno de la ingesta.

3. Por último, y de acuerdo con lo que señalábamos anteriormente, la exclusiva dicotomización interna o externa de los estímulos relacionados con la alimentación parece estar en vías de desaparición. Por ejemplo, Cabanac (1971) y Cabanac y Faustino (1977) señalan que el estado nutritivo (privación versus saciedad) determina en parte la apetencia del sabor dulce.

Para concluir parece oportuno resaltar que la información recogida hasta el momento presente indica que la mayor sensibilidad ante estímulos alimentarios externos se produce en todas las categorías de peso, a pesar de que puede ser de mayor prevalencia entre individuos con sobrepeso moderado.

Algunos estímulos externos, como la hora del día, la apariencia del alimento y especialmente la apetitosidad, es posible que influyan más la ingesta de los obesos que de los que no lo son, aunque esta diferencia parece ser más importante en el aumento de peso producida en un breve período de tiempo.

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