Hablemos de la quimioterapia y penicilina

Es el tratamiento de las enfermedades mediante productos químicos sintéticos, ciencia relativamente nueva, auspiciosa ya, el llamado pictonsil es un resultado de ella. Se trata de un medicamento químico, que ha sido favorablemente acogido en Londres y Norteamérica, hace algunos años, estudiando, además, en Francia sus posibilidades y rendimiento. Se debe al doctor Dómale, de Elberfeld.

Un trocito de la molécula del prontosil es la sulfanilamida.

Los médicos llegaron a convencerse, al fin, de que era ésta la materia curadora, y no el producto entero. Esto perjudicó al doctor Dómak, que tenía registrado el prontosil, pero no la su fenilamina. De pronto se veía despojado, por la fuerza de las circunstancias, del fruto de sus pacientes investigaciones.

El dominio público de la droga permitió a los industriales crear marcas que contuvieran sulfanilamida. La casa May y Báker Limited utilizó una del grupo de las sulfonamidas, y como no tenía nombre a mano le puso M. & B., sus iniciales, agregán­dole un número convencional: 693. A esta sulfapiridina se la llamó más tarde Dágenan.

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Opiniones encontradas sobre la importancia de la alimentación 

Las sulfonamidas han prestado en los últimos años incalculables beneficios a la salud del mundo, y si ya no se habla tanto de ellas es porque el laborioso profesor Fléming las ha dejado atrás con su más maravilloso descubrimiento, la penicilina, a la cual nos referiremos en seguida.

La quimioterapia se ha convertido en una importante rama de la medicina, con estos descubrimientos extraordinarios, que hacen posible la hipótesis de que en un futuro no lejano se logrará una panacea universal, es decir, un remedio para todos los males, al que aspiraban, hace muchos siglos, los fundadores de la química moderna: los extravagantes alquimistas.

Penicilina droga maravillosa

Alejandro Fléming, que acaba de recibir el Premio Nobel por su gran descubrimiento de la penicilina, es un bacteriólogo británico que se ha hecho famoso en todo el mundo. Los comienzos de su descubrimiento se remontan a 1929. El profesor Fléming estaba sometiendo a estudio el agente productor del fo­rúnculo, y a fin de observarlo lo había puesto en jalea, con la idea de que desarrollase.

Cuando, por lógica, el profesor Fléming vio que se habla recubierto su jalea con el moho habitual, tuvo intención de lan­zar todo al canasto de los desperdicios de su laboratorio, pero (y aquí entra no el azar, como pretenden los que no saben nada. sino el espíritu de observación del sabio, el mismo espíritu que permitió a Galileo fijarse en el balanceo del péndulo y a New ton advertir la caída de su manzana célebre) se dio cuenta de que el microbio del forúnculo, que había proliferado en la jalea, no aparecía en los lugares recubiertos con moho.

Y éste fue el detalle revelador, éste fue el milagro, que hizo posible el des­cubrimiento de la penicilina.

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Pasas de uvas y el buen consumo de la uva 

¿Quería decir que el moho impedía el desarrollo del microbio? Entonces puso en observación a éste último, en un caldo de cultivo. Poco después se convencía de que el moho segregaba una sustancia capaz de impedir la reproducción microbiana.

Había que bautizar el experimento. Había que darle un nombre, con el que lo distinguiera la ciencia. El moho era de la especie Peniciílium Notatum. La sustancia pertenecía al moho. Luego, llamaríase penicilina. Así quedó resuelto este detalle.

Sin embargo, Fléming no pudo ir más lejos, porque se le presentaban dificultades insalvables en la extracción de la droga. Y como en la ciencia es el trabajo de los seguidores y no el de los descubridores el que generalmente rinde frutos positivos, cupo al profesor Florey, de Oxford, el mérito de continuar los experimentos, esta vez con mayor éxito, pues llegó a aislar la penicilina del moho productor.

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Palabras de un psicólogo célebre sobre la alimentación 

Una vez obtenida la droga comenzaron las experiencias tendientes a demostrar su aplicabilidad y el alcance de sus efectos como antimicrobiana. Poco tiempo después los investigadores llegaron a la conclusión de que la penicilina era centenares de veces más efectiva y potente en sus efectos que cualquiera de las sulfonamidas, que hasta años antes habían maravillado la ciencia y la opinión mundial.

Los experimentos fueron continuados en los Estados Uni­dos, dado que Gran Bretaña estaba por entonces 1940 bajo las bombas germanas, y en Oxford no había caso de consagrar­se con tranquilidad a tan delicado trabajo. En Norteamérica se continuó ensayando producir penicilina en grandes dosis, y hoy se ha adelantado bastante, habiéndose salvado miles y miles de heridos de guerra aliados.

Harto se ha ocupado la prensa, en los últimos tiempos, del descubrimiento extraordinario de la penicilina. Eminentes hombres de ciencia se han dirigido al público, relatando los porme­nores del mismo, con especialidad desde el punto de vista científico. Pero lo que nadie ha intentado aún es deducir las conclusiones moralizadoras que de este hecho se derivan.

Y bien, lo que nosotros vemos de moralizador en todo esto es que a pesar de la terrible guerra en que estaban empeñadas las naciones, a pesar de que la industria en su totalidad debía atender las demandas, cada vez más imperiosas, del esfuerzo bélico, se tuvo la suficiente presencia de ánimo, el suficiente valor para consagrarse a la ciencia constructiva, la que atiende a la prolongación y suavización de la vida humana, opuesta a esa otra ciencia destructora que ha contribuido a arrastrarnos a las dos conflagraciones más espantosas de la historia, reunidas ambas, por la calamidad de los tiempos, en nuestro pobre siglo.

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Una alimentación para los nervios

Acabado este insensato furor de aniquilamiento, vuelto el mundo a la paz de les pueblos, ¿abandonaremos de una vez por todas el cultivo de la ciencia de muerte, reemplazandolo por el de la ciencia de vida? Es realmente paradójico que hoy, que es cuando tenemos más medios que nunca para resistir el ataque de las enfermedades, hayamos extremado parejamente la eficacia de los medios de destrucción.

La esperanza, la gran esperanza del mundo en ruinas, en estos momentos, consiste en que, en los años que se avecinan, las alas y las quillas sirvan sólo para transportes pacíficos, la pólvora sólo para desgarrar el corazón de las montañas fecundas, el hierro sólo para forjar arados, el telégrafo, la radio y el correo sólo para acercar el espíritu de las sociedades. Pues no nos resignamos a ver nuestro mundo reducido a escombros, con su cultura perdida, con su historia irremediablemente manchada, con su experiencia.

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